Los hospitales han dejado solos, confundidos y sin atención adecuada a muchos pacientes con COVID-19 que no hablan inglés

Foto de Shoshana Gordon / ProPublica
“Este reportaje fue publicado originalmente por ProPublica”.

La semana pasada, cuando una mujer que no hablaba inglés llegó a la sala de emergencias saturada de un hospital de Brooklyn, inicialmente la instalaron en una unidad para pacientes sin coronavirus.

El jueves, sin embargo, un médico cayó en la cuenta de que tenía fiebre y tos, y que debía recibir atención para COVID-19, así que la trasladó a la unidad de coronavirus con una advertencia: “Suerte, habla húngaro”.

La mujer falleció a la noche siguiente.

Un médico residente que la atendió cree que habría recibido mejor tratamiento si hubiera hablado inglés.

En la sala de emergencias, donde nunca nadie tiene suficiente tiempo y menos ahora, el residente dijo haber observado que nadie quería trabajar con un intérprete para capturar el historial médico de la paciente. Él mismo colocó su teléfono sobre el hombro de la mujer y llamó al servicio de interpretación por el altavoz. Le resultó difícil hablar y escuchar claramente debido al tapabocas N95 y por el casco que le cubría los oídos.

“Cuando me preguntaron qué idioma necesitaba” señaló, “pasé cinco minutos gritando una y otra vez, ‘¡Húngaro! ¡Húngaro!’ La operadora solo contestaba, ‘¿Español?’”

La paciente podría haber muerto aunque hablara inglés, pero este episodio y otros de la misma índole demuestran que las personas que hablan otros idiomas tienen desventajas en los hospitales neoyorquinos que actualmente están abarrotados y caóticos.

“Esperamos diez minutos en el teléfono para obtener un intérprete, y ese es tiempo valioso cuando estamos inundados”, dijo el residente. “Entonces, comenzamos a calcular en forma utilitaria y los pacientes más convencionales son los que reciben mejor atención”.

Incluso en una situación normal, las personas que no hablan inglés obtienen peores resultados de salud en gran diversidad de procedimientos rutinarios. También pueden tener dificultades para conseguir un intérprete. Algunos estudios muestran que los intérpretes profesionales cometen menos errores de importancia clínica que las personas no capacitadas como, por ejemplo, los familiares del enfermo.

Estas brechas aumentan en época de crisis. ProPublica habló con once empleados de servicios médicos de la ciudad de Nueva York acerca de sus experiencias en la atención de pacientes con coronavirus que no hablaban inglés. Aunque son empleados tanto de instituciones de alto nivel y sin fines de lucro de Manhattan, como de hospitales de la red de seguridad social de Brooklyn, todos describieron que la comunicación se rompe y se improvisa apresuradamente debido a las carencias.

Les preocupa que las barreras del idioma dejen a los inmigrantes contagiados de COVID-19 en una situación particularmente desesperada: solos, confundidos y sin la atención adecuada.
Un médico del Bronx describió cómo un colega, que trabajaba en la tienda de campaña para triage de su organización, trataba de evaluar a los pacientes usando la aplicación Google Translate de su teléfono inteligente.

En otra situación, el residente de la sala de emergencias de Brooklyn dijo que sabía suficiente español como para no utilizar a un intérprete al tomar el historial médico de una paciente de habla hispana que venía llegando. Sus síntomas no eran graves, pero ella le dijo que la habían operado del corazón hacía tres años, así que la admitió al hospital debido a ese factor de riesgo. Poco después se dio cuenta de que la cirugía había ocurrido cuando la paciente tenía tres años. Si lo hubiera sabido, la habría devuelto a su casa.

El domingo pasado, un residente de otro hospital de Brooklyn atendió a una mujer que únicamente hablaba francés criollo. La mascarilla de oxígeno de la paciente impidió que el intérprete la entendiera por completo, dijo el residente, y fue claro que la mujer siguió bastante confundida. La enferma falleció al día siguiente.

Un médico de planta de un hospital de Manhattan describió cómo llama a los intérpretes por su celular antes de entrar a las habitaciones de los pacientes. Luego lo coloca dentro del bolsillo de su camisa para evitar que le caigan partículas del virus, se pone una bata protectora amarilla sobre el uniforme y entra a la habitación, manteniéndose a distancia del paciente. Todos esos pasos impiden que el paciente y el intérprete telefónico se escuchen bien. “Luego tenemos que decirles que tienen un virus que está matando a gente en todo el mundo”, agregó. “Les informamos que no pueden tener visitas ni salir de la habitación, y les cerramos la puerta”.

Según los datos del censo, aproximadamente 1 de cada 5 estadounidenses habla otro idioma aparte del inglés en su hogar. Entre los neoyorquinos, ese porcentaje es de un 49%. Además, con más de 40 mil casos de coronavirus confirmados en los confines de la ciudad de Nueva York, cuando se enferman los residentes que no dominan bien el inglés, los proveedores de atención médica enfatizan las muchas maneras en las que estas brechas del idioma podrían propiciar una atención deficiente. Los pacientes que están lo suficientemente bien para irse a su casa podrían entender mal las instrucciones al ser dados de alta, ocasionando que no sigan correctamente la cuarentena o que no regresen a la sala de emergencias si empeora su enfermedad. También sería posible cometer errores durante el triage por no detectar condiciones subyacentes.

Desde hace tiempo se ha entendido que la Ley de Derechos Civiles de 1964 exige que los hospitales que reciben fondos federales (como Medicare y Medicaid) proporcionen acceso a la interpretación de idiomas. También se sabe que el incumplimiento con esa pauta se considera “discriminación por origen nacional”. Los reglamentos que entraron en vigor en 2016, cuando se promulgó la Ley del Cuidado Asequible, reforzaron ese mandato. Hoy en día, los hospitales deben utilizar a “intérpretes calificados” y restringir el uso de familiares o personal bilingüe, pero no capacitado, para esa labor. Los pacientes incluso tienen derecho a demandar al hospital si esto no se lleva a cabo (existen excepciones, como cuando un familiar interpreta en plena emergencia).

Elena Langdon, exdirectora del Consejo Nacional de Certificación para Intérpretes Médicos, dijo que reconoce que en estos momentos los médicos quizás no puedan brindar atención con la calidad que desearían en todos los casos, pero que no se puede hacer a un lado la igualdad ni el derecho a la interpretación. “Aunque sea más difícil debido a la situación, no significa que no sea su obligación hacerlo”, agregó. “Se trata de un problema de salud pública”.

Langdon señaló que quizás los hospitales deban contar con personal de planta dedicado a coordinar el acceso a otros idiomas. Varios de los sistemas hospitalarios donde ocurrieron los ejemplos de este reportaje no devolvieron nuestras llamadas, ni contestaron el correo electrónico en el que les pedimos comentarios.

Los proveedores reconocieron que, aun en los momentos en que no hay pandemias, es frecuente que esas pautas no se cumplan, como cuando se permite que un nieto interprete en lugar de un profesional.

Sin embargo, en estos momentos ni siquiera esas opciones están disponibles. Muchos de los hospitales de la ciudad están prohibiendo las visitas, lo cual hace imposible que los familiares que hablan inglés ayuden a los pacientes a comunicarse. Los intérpretes en persona también corren el riesgo de infectarse o de infectar a los demás, y el uso del equipo de protección personal dificulta la comunicación telefónica.

Una enfermera de la unidad de terapia intensiva de un tercer hospital de Brooklyn, dijo que cuando necesita un intérprete llama a una operadora a través del teléfono con cordón azul largo que hay en cada habitación. Luego tiene que esperar a que haya un intérprete disponible, y el tiempo de espera varía según el idioma. El español es relativamente rápido, dijo; el mandarín se tarda de 10 a 15 minutos; los dialectos asiáticos menos comunes pueden tardar hasta más de una hora.

Ahora que se prohíben las visitas, a esta enfermera le preocupa que los pacientes no tengan quién hable por ellos y que sus familiares tampoco puedan mantenerse al tanto. “En este punto” informó, “no llamaremos a menos que necesitemos un consentimiento o si el paciente muere”.

La semana pasada, un hispanohablante poco mayor de 40 años fue internado en la unidad de terapia intensiva del hospital donde ella trabaja. El paciente parecía estar relativamente sano y, aunque tenía algo de sobrepeso, no presentó ningún trastorno médico subyacente, agregó la enfermera. Aun así, esta persona acabó poco después con un respirador artificial. Su esposa acudió al hospital a pesar de la restricción de visitas, pero ella hablaba aún menos inglés. “Su esposa no había podido verlo ni hablar con él”, explicó la enfermera. “Solo decía, ‘No entiendo, si estaba bien’. … Parte de nuestra labor de enfermería es acercarnos a un familiar que veamos así y explicarle qué está sucediendo. Pero estas conversaciones no suceden con los pacientes que necesitan interpretación. En esa situación, sencillamente no tengo tiempo”.

“Y luego falleció” agregó, “y tuvieron que informárselo a su esposa por teléfono”. No está segura si el hospital lo hizo por medio de un intérprete o si simplemente improvisaron.

 

Lizzie Presser, Maya Miller y Sean Campbell aportaron a este reportaje.
Traducción al español: Mati Vargas-Gibson.
Edición y corrección de estilo: Mónica de León.

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