Entre Flushing y Corona, la precaución marcó la diferencia entre la vida y la muerte

Una mujer es desinfectada al entrar a un supermercado en Flushing, Queens, durante el brote del coronavirus el 27 de abril de 2020. Foto: Ben Fractenberg/THE CITY

Este artículo fue publicado originalmente por THE CITY el 3 de mayo de 2020.

En el papel, los barrios colindantes de Flushing y Corona, en Queens, tienen más similitudes que diferencias.

Los separan dos autopistas y el parque Flushing Meadows-Corona Park, y ambos tienen una población de clase trabajadora con una gran proporción de inmigrantes. Corona es un barrio mayormente latino, mientras que en Flushing vive una numerosa comunidad asiática.

Ambas son zonas de alta densidad poblacional y con perfiles socioeconómicos similares. El tren 7, casi siempre lleno, las comunica.

Cerca de la mitad de los trabajadores de ambos barrios trabajan en las industrias de la comida, construcción, limpieza y transportación, labores que el estado de Nueva York ha considerado “esenciales” durante la pandemia.

Los residentes de las dos zonas suelen ganar menos del ingreso promedio del condado de Queens, y tienen una proporción similar de personas sin seguro médico, según la Oficina del Censo nacional. En casi la mitad de los apartamentos y casas en ambas áreas vive más de una persona por cuarto, lo cual el censo cataloga como “hacinamiento”.

A pesar de todo esto, las diferencias entre Flushing y Corona no podrían ser más marcadas cuando se trata del COVID-19.

Desde el principio, Corona se perfiló como el epicentro del brote en la ciudad de Nueva York, y no parece dar señales de mejoría. Mientras tanto, la tasa de casos positivos entre los residentes de Flushing se ha mantenido entre las más bajas de los cinco condados.

Clientes esperan para comprar té de burbujas en Flushing. El barrio poco a poco regresa a la normalidad. Foto: Ben Fractenberg/THE CITY

Precauciones a tiempo

Según expertos en salud pública, la diferencia en el impacto del virus en dos barrios tan similares sugiere que los bajos ingresos y el acceso limitado a servicios médicos no son los únicos factores que determinan los estragos del virus.

El contraste entre Corona y Flushing también podría apuntar a una posibilidad chocante: que las precauciones tempranas tomadas por los residentes, obreros y negocios de Flushing en las primeras semanas cruciales para protegerse – durante las cuales los gobiernos municipal y estatal se contuvieron a la hora de actuar – pueden haber hecho la diferencia.

“Yo estuve muy atenta desde que el virus apareció en China”, dijo una enfermera de Flushing nacida en ese país, que habló con THE CITY pero prefirió permanecer anónima.

“Yo sabía que nos iba a pegar duro si Estados Unidos no se preparaba”, añadió.

Además de usar mascarillas mucho antes de que el Gobernador Andrew Cuomo lo ordenara el 15 de abril, la enfermera le pidió a su esposo que trabajara desde casa días antes de que su compañía le ordenara hacerlo.

Los residentes de Flushing sospechan que la baja tasa de infección de COVID-19 de la zona se debe a las advertencias de familiares y las noticias provenientes del este de Asia, que llevaron a tomar medidas preventivas y al cierre de negocios.

“Es probable que muchos chinos en Nueva York hayan estado al tanto de la situación antes que otros”, dijo Kezhen Fei, especialista en estadísticas biológicas del grupo de investigación PRA Health and Science.

Datos de la ciudad confirman que la comunidad asiática tiene la cantidad más baja de casos sin hospitalización.

Advertencias desde la tierra natal

Para mediados de marzo, Crystal, quien prefirió no publicar su apellido, y su mamá, de 67 años, ya se habían acostumbrado a usar máscaras y guantes al salir de su apartamento en Flushing.

Se habían abastecido de Lysol y tenían una rutina para desinfectarse al llegar a casa. Inclusive, habían comprado alcohol para mezclar su propio desinfectante de manos.

Su familia en Hong Kong les había avisado a Crystal, de 30 años, y a su madre que se tomaran el virus en serio, que era mucho más que una gripe.

Según dijo, en Flushing era común ver a la gente usando mascarillas semanas antes de que la ciudad y el estado urgieran a la población a cubrirse la boca y la nariz en público para mitigar la propagación del COVID-19.

“Hemos estado usando mascarilla desde mucho antes de que la ciudad nos dijera que nos cubriéramos la cara”, dijo. “Muchos de los supermercados asiáticos a los que fui estaban obligando a la gente a ponerse mascarilla para poder entrar”.

Entonces, ocurrió algo curioso.

Aunque la ciudad de Nueva York considera que las tiendas de alimentos son “esenciales” y les permitió permanecer abiertas durante el cierre obligatorio, los mercados de comida chinos de Flushing decidieron cerrar a finales de marzo.

Al ver la destrucción que el COVID-19 estaba causando en China, los gerentes de los supermercados de Flushing tomaron medidas desde febrero para proteger a los empleados y clientes, como distribuir mascarillas en las tiendas y obligar a los clientes a usarlas, dijo Peter Tu, director ejecutivo de la Asociación de Comercios Chinos de Flushing.

Además, las tiendas instalaron panales de acrílico transparente en las cajas registradoras para proteger a los empleados de los gérmenes transmitidos por el aire.

Sin embargo, esto no fue suficiente para los empleados.

“Como el supermercado está tan lleno, siempre hay mucho contacto cercano con los clientes”, dijo Tu.

“Los mercados no quieren cerrar, pero los empleados no quieren trabajar”, dijo Tu. “Así que los dueños no tienen más remedio que cerrar porque la gente está muy asustada”.

Unas 20 tiendas de alimentos chinas cerraron al mismo tiempo, así como muchos restaurantes y negocios de otros tipos, ya que no valía la pena permanecer abiertos. Los supermercados apenas empezaron a reabrir el miércoles pasado, y en horarios limitados, dijo Tu.

Según los locales, Flushing está regresando lentamente al nivel de actividad de antes del COVID-19. Hay más gente en las aceras y más automóviles en la calle.

“No hay otra opción”

La situación no podría ser más distinta al otro lado de la Grand Central Parkway, en Corona.

Angie, una estudiante de segundo año de Queens College nacida en Corona, se alarmó solo con ver a un grupo de personas reunidas en el parque Flushing Meadows-Corona Park jugando fútbol sin mascarilla. La ciudad cerró los campos de juego el 1 de abril, pero los parques permanecieron abiertos.

La estudiante también observó que un número inusualmente alto de personas sin hogar habían tomado una casa abandonada en la calle Waldron, y vio a un grupo de obreros que tosían al salir de su trabajo.

“Es un desastre total”, dijo, pidiendo que no se publicara su apellido. “Ver esto me pesa muchísimo en el corazón”.

Angie cree que estuvo enferma con el virus a mediados de marzo. Perdió el sentido del gusto y del olfato, estuvo sudando por días y le costaba respirar.

Dos semanas después de empezar a sentirse mal, su abuela tuvo síntomas similares. La señora se dedica a recoger botellas, y reparte periódicos dos veces en semana. Su jefe había dado positivo al virus, pero eso no la convenció de no ir a trabajar.

“Le dije: ‘No puedes estar con otra gente que está enferma’, pero ella no hace caso. Tiene una deuda que está tratando de saldar, y no le queda otro remedio”, dijo Angie.

Residentes hacen fila por varias cuadras para recibir comida en una iglesia de Corona, Queens. Foto: Ben Fractenberg/THE CITY

Trabajar desde casa o dejar de trabajar es “casi imposible” para muchos residentes de Corona, quienes no califican para asistencia nutricional del gobierno u otras ayudas federales por ser indocumentados, dijo la asambleísta Catalina Cruz, que representa esa zona.

“Si no trabajas, no comes ni pagas el alquiler. Es así de simple”, dijo Cruz.

La líder política opera una despensa desde su oficina en Junction Boulevard, donde entrega unas 2,200 raciones al día. El miércoles pasado, la fila se extendía por 10 cuadras, y no parece estar disminuyendo, según le contó a THE CITY.

Alfredo Herrera, de 36 años, había vivido en Corona desde que emigró de México. Trabajaba en restaurantes de Manhattan para mantener a su familia. No tenía hijos, pero sí 15 sobrinos.

Aiderith Sanchez dijo que su tío era como una figura paterna para ella y que estaba muy entregado a su familia.

“Siempre estaba pendiente de ellos porque decía que para eso era la familia, para cuidarse unos a otros”, dijo Sánchez, de 20 años.

La mamá de Herrera lo visitó desde México por primera vez a finales de febrero.

“Hicimos una gran fiesta de cumpleaños para ella, y esa fue la última vez que lo vimos. Estaba tan feliz”, dijo Sánchez. “¿Quién iba a pensar que un mes y medio después se habría ido?”

Infectado en el hospital

Herrera fue al Centro Médico del Hospital de Flushing a principios de marzo quejándose de problemas estomacales, y fue admitido. Pero el hospital pronto se abarrotó de pacientes de COVID-19 y se prohibieron las visitas.

Unas semanas después, Sánchez recibió una llamada del hospital diciendo que Herrera había dado positivo al virus. La familia sospecha que se contagió en el hospital. El 13 de abril, el hospital le notificó a la familia que Herrera había muerto.

Alfredo Herrera, de 36 años, murió del coronavirus el 13 de abril. Foto: Cortesía de la familia Herrera.

El Centro Médico del Hospital de Flushing no respondió a nuestra petición de un comentario.

“No le pudimos decir adiós. Nunca vimos su cuerpo. Nunca oímos su voz. Solo nos llamaron para decir que se había ido, y ya”, dijo Sánchez.

Una encuesta del Siena College publicada el lunes refleja que el 52% de los latinos de Nueva York conocen a alguien que ha muerto del virus, más que ningún otro grupo étnico.

Angie se ha dado cuenta de que la pandemia no afecta igualmente a todo el mundo o a todos los barrios. Cuatro personas que conocía han fallecido, y amistades suyas que sufren de abuso doméstico temen por su vida. Mientras tanto, algunos compañeros de universidad bromean sobre lo ansiosos que están de volver a cortarse el pelo.

“Ahora me doy más cuenta de lo que es ser parte de dos mundos distintos”, dijo. “Solo quiero que mi familia sobreviva. No quiero que mis amigos se mueran”.

Una ciudad dividida

Según el Departamento de Salud e Higiene Mental de la ciudad, para el 30 de abril había muerto del coronavirus el doble de neoyorkinos hispanos y negros que de blancos y asiáticos.

La desigual propagación del COVID-19 entre diferentes barrios y grupos sociales dejar ver lo segregada que está la ciudad, dijo Bruce Y. Lee, profesor de la Escuela De Salud Pública y Política de Salud de la Escuela Graduada de CUNY.

“Si se ven diferencias en la transmisión de una enfermedad infecciosa entre diferentes poblaciones, es a causa de diferencias en las dinámicas sociales. Si todo el mundo estuviera mezclado homogénea y equitativamente, tendríamos tasas de infección relativamente comparables, pero eso no es lo que estamos viendo”, dijo Lee.

Expertos en salud pública indican que las condiciones preexistentes de salud que sufren las poblaciones negra y latina de Nueva york las hacen más susceptibles a morir o enfermarse con el virus.

“Lo que pasa hoy entre los latinos y afroamericanos es una buena muestra del poder de los determinantes sociales, económicos, medioambientales y estructurales de la salud. Cosas como los niveles de pobreza, el acceso a la comida, especialmente comida saludable… Pero ahora mismo, para muchísimas familias, se trata de poder comer; no importa qué clase de comida”, dijo el Dr. Sergio Aguilar-Gaxiola, director del Centro para la Reducción de Disparidades de Salud de la Universidad de California en Davis.

Aun así, los neoyorkinos de origen asiático no son inmunes a estas condiciones preexistentes. Los estudios indican que los asiáticos tienen más tendencia a la hipertensión que los hispanos que residen en la ciudad de Nueva York. La alta presión es la condición de salud más común entre víctimas fatales de COVID-19, y está presente en un 60% de las personas que han muerto del virus, según el departamento de salud de la ciudad.

Los residentes negros presentan los índices más altos de alta presión con 43.5%, seguidos de los asiáticos (38%), los hispanos (33%) y los blancos (27.5%), según cifras de un estudio de 2017 de los Centros para el Control de Enfermedades del país.

Fei, autor del estudio, explicó que la manera más segura de evitar morir del virus es no contagiarse.

Las personas originarias del este de Asia “observaron estas estrategias preventivas desde temprano, antes de que la pandemia golpeara a los Estados Unidos”, dijo.

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Culpan a la “densidad”

Para el jueves pasado, se había confirmado que unos 13,000 residentes de la ciudad habían muerto de COVID-19, más que en cualquier otro estado de los Estados Unidos y más que en casi cualquier otro país.

Buscando explicar esta extraordinaria concentración de calamidades, el Alcalde Bill De Blasio y el Gobernador Andrew Cuomo citaron la “densidad” de la ciudad de Nueva York. Sin embargo, lugares con tanta o más aglomeración de gente han podido contener los estragos del virus mucho mejor que la ciudad de Nueva York.

Seúl, la capital de Corea del Sur, con 9.1 millones de habitantes y uno de los sistemas de metro más grandes del mundo, ha reportado solo dos muertes por el coronavirus.

San Francisco y otros condados de la Bay Area emitieron la primera orden de refugiarse en casa del país el 16 de marzo. La orden fue emulada por el resto del estado en cuestión de días. Para entonces, California había reportado 1,000 casos confirmados.

Hasta el jueves pasado, el estado había reportado 1,800 muertes. Nueva York, que posee la mitad de la población de California, lleva 24,000 decesos por el virus, una cifra 13 veces mayor.

Cuando la orden entró en vigor en San Francisco, De Blasio consideró implementar una similar en Nueva York. Sin embargo, Cuomo lo denegó, diciendo que el alcalde no tenía esa potestad.

Luego de tres días de discusiones sobre la semántica de la orden, Cuomo anunció una orden de refugio en casa llamada “New York State on PAUSE”, que entró en vigor cinco días después de que le alcalde propusiera la idea. Para ese momento, ya Nueva York había confirmado más de 15,000 casos.

Por su parte, De Blasio y la Comisionada de Oxiris Barbot perdieron varios días en intentar asegurarles a los neoyorkinos que era seguro seguir con sus actividades.

Barbot testificó ante el Concejo de la Ciudad el 5 de marzo, diciendo: “Quiero enfatizar que el riesgo de contagiarse de COVID-19 para los neoyorkinos ha sido bajo desde el principio”. Añadió: “Pero como estamos viendo contagio entre la comunidad, estamos prestando mucha atención. Lo importante es que los neoyorkinos se mantengan alerta”.

El Presidente del Concejo Corey Johnson le pidió que ofreciera recomendaciones actualizadas, a lo que Barbot contestó: “Queremos que los neoyorkinos usen el metro, vayan al teatro, se reúnan, vayan a banquetes y celebren la vida. Pero también queremos que los neoyorkinos presten atención”.

Aunque urgió a la población que evitara el contacto físico y comenzó a cancelar reuniones públicas a mediados de marzo, De Blasio contradijo su mensaje al ir al gimnasio de la YMCA de Prospect Park a hacer ejercicio.

Respecto a la diferencia entre las tasas de contagio de coronavirus en Corona y Flushing, la vocera del Departamento de Salud e Higiene Mental de la ciudad Stephanie Buhle dijo en un comunicado que “el COVID ha afectado desproporcionadamente a las comunidades de color, particularmente a los neoyorkinos latinos y negros, exacerbando las desigualdades que por demasiado tiempo han existido en nuestra ciudad. Estamos haciendo todo lo posible para hacer frente a estas disparidades directamente, y seguimos comprometidos con tratar a todos los neoyorkinos igualmente”.

“Esta historia fue publicada originalmente por THE CITY (www.thecity.nyc), una organización de noticias independiente y sin fines de lucro dedicada a los informes contundentes que sirven a la gente de Nueva York”.

 

 

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